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La bruja sale del clóset

Las rarezas humanas están bajo la piel. Nos vemos todos iguales, sin embargo, somos todos únicos, todos raros entre nosotros, o al menos a veces nos sentimos así. Bueno, para mí, siempre fue así. Ahora hablan en la redes sociales de personas sensibles, introvertidas, a-sociales, empaths, etc. Para mí fue un alivio encontrarlos, sentí que tenía una tribu a la que pertenecía, tal vez no era tan rara.

Pero otra cosa totalmente diferente es comenzar a ver seres de luz y otros no tanto, personas que habían muerto, vidas pasadas mías y de los demás, los sueños de los demás, y conocer a las personas de las que hablaban (en mi mente), lugares, proyectos, ideas y sus sentimientos.

Esto no comenzó hace mucho tiempo, si no que hace algunos años. Coincide con el fallecimiento de mi madre, mi persona favorita de todo el mundo, mi mejor amiga. Al principio pensé que su pérdida me había afectado demasiado y que, probablemente, necesitaba algún tratamiento, pero estaba al cuidado de mis tres hijos y recién separada. Sabía que no podía fallar, que no podía detenerme a analizar eso, y que, mientras pudiera continuar atendiéndolos y trabajar, debía dejar eso de lado, al menos por el momento.

Todo anduvo bien, hasta que sentí la necesidad de entregar un mensaje de alguien fallecido a una colega del trabajo. Con mucha timidez, intenté hacerle entender el mensaje y ella rompió a llorar y me agradeció. Resultó ser un gran alivio para ella el contacto con esa persona, a quien ella había cuidado por muchos años.

Tener la posibilidad de ver y sentir a los muertos ya no era lo mismo ahora para mí, si podía ayudar, aunque hubiera perdido un poco la razón, al menos podía ser de utilidad para alguien. Con mis hijos un poco más grandes, me atreví a ofrecer un poco esta ayuda, si era necesaria.

Los terapeutas de cualquier disciplina, alternativa o no, van a entender esto: siempre está esa «primera persona», aquella que te pide hora, que te paga por tus servicios y que se va feliz con tu ayuda. En mi caso, ella es Marcela, la primera persona que creyó en mi y que me refirió a muchas de sus amistades. Si ella creía en mí, yo no podría ser menos. Ella me «obligó» con amor a ponerle un valor a mis sesiones, a estructurarlas, a diseñarlas para dar un buen servicio, a ordenar mis tiempos. Gracias infinitas.

Ya no me podía ocultar más. Le conté a mis hijos, familiares y cercanos. Con el tiempo, con la confianza que adquiría con cada uno de mis consultantes, me atreví a comentarlo en círculos de trabajo y amistades. La redes sociales fue lo siguiente, aunque muchas veces pensé en usar un seudónimo, para mantenerme oculta. No ha sido fácil para mí, no soy la reina de la autoestima, ni tan ruda como para que no me importe lo que digan los demás. Ya sé lo que yo misma decía de personas así.

Hace algunos meses creé esta web, y este es mi primer post. Atreverme a trabajar usando esta habilidad me ha cambiado la vida totalmente, y ha sido maravilloso. Aprendí que ser uno mismo es espectacular, liberador y valiente. Quiero dejarles ese ejemplo a mis hijos: no se puede vivir una vida falsa, ni siquiera un porcentaje de ella.

Por algunos años fui profesora en el trabajo, y bruja fuera del horario normal, atendiendo en mi casa. Funcionó por un tiempo, ser bruja en un 50%. Aún podía decir: «si, claro que soy una persona seria, sólo soy brujita en mis tiempos libres». Pero en mi trabajo, ahora todos saben lo que hago, y he podido ayudar a más personas así.

No sé cómo irá a avanzar mi vida desde ahora, pero lo que sea que ocurra, me ocurrirá a mí, no a alguien que no soy. Hoy descubrí la bella historia de mi herencia. Luego de la muerte de mi madre, mis hermanos y yo «activamos» habilidades que no teníamos antes, para mi fue la clarividencia. Y si es un regalo de mi madre, entonces feliz salgo del clóset.

Caro